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06 octubre 2012

El Sembrador





En un pueblo a orillas de una gran ciénaga y a pesar de las inclemencias del tiempo, un hombre se dedicaba a tener como cultivos naranjas, guayabas y otros. 
A esta persona en ocasiones mucha gente lo trataban de loco, aveces ajeno de la naturaleza o desconociendo la relación que hay entre el ser humano y las plantas. 
El protagonista de este cuento todos los días acariciaba sus plantas, las regaba y hablaba con ellas; crecían frondosas y libres de paracitos porque a ellas le dedicaba tiempo suficiente y cuidado especial. 
Un día de tantos, regaba y quitaba las hojas secas, se imaginaba hablando con un árbol, y el árbol le preguntaba: ¿es cierto que tienes un hijo que no nos conoce? El respondió: es verdad. ¿Y cuando viene le preguntaba el árbol? Bueno… me dijo que venía para las próximas fiestas de carnavales. ¡Qué bonito! Dijeron todos los arboles. Para las próximas lluvias nos vamos a cambiar de ropa y vamos a tener abundantes frutas para cuando tu hijo llegue tenga para comer. 
Pasaron los días y las lluvias llegaron, las plantas comenzaron a florecer, el olor de azahares se esparcía por todas partes, extasiado el hombre de aquella sensación tan agradable, se levanto y vio los naranjos que estaban cubiertos de sabanas blancas, y el volar de las abejas y abejorros recogiendo el néctar, producían un sonido agudo que daba la sensación de estar en un concierto de violines en miniaturas. 
Pasaba el tiempo, las frutas crecían pero el invierno sin clemencia también lo hacía, las aguas subían de nivel causando estragos y destrucción. 
El hombre estaba acostumbrado a hablar con las plantas, un día una de ellas le dijo: nos estamos ahogando, y el las consolaba y les decía que no iba a pasar nada, pero presentía lo peor. 
Pasaban los días y las plantas morían ahogadas, las hojas secas se desprendían de las ramas y por acción de la brisa un poco desordenada caían en cualquier dirección, mas no las frutas. 
Era triste y divertido ver caer a las aguas cristalinas una a otra, y el bum, bum, bum, parecía emerger del fondo de la superficie como puñados de bolitas de cristal. 
Resignado a la suerte que habían tenido sus árboles miro a todos lados y vio una rama verde que le dijo, no alcanzamos a tener las frutas que les prometimos a tu hijo, pero de las ramas y troncos que nos quedan, el día del festejo haces una hoguera y si oyes totecitos que suenan somos nosotros que estamos alegre porque tu hijo llego. 
Así terminaron los arboles lánguidos y erguidos con las ramas abiertas como brazos humanos pidiendo plegarias al cielo.

02 octubre 2012

¡ O por flojo o por burro !






En un pueblo de cualquier municipio de Colombia al pie de una colina había una pareja de esposos que tenía como negocio vender chicha, bollo y arepa además tenía como mascota a un burro. Al cocinar muchísimo maíz por su puesto había gran cantidad de agua maza, la cual servían en una gran batea que estaba debajo de un árbol, para alimentar al burro, este tenía como único oficio cargar leña para el cocido del maíz... 

Un día su amo salió muy temprano a su misión cotidiana, cerro arriba a cortar leña, cuando venia cuesta abajo, el burro pensó como burro y dijo: si me pongo a saltar y dar botes, seguro me libro de la carga y de la enjalma. Sin pensarlo dos veces así lo hizo y al cabo de un rato quedo libre, corrió cuesta arriba hasta la cima de una colina, donde había un árbol frondoso con la rama que daba al suelo, el cual tenía el burro como refugio y escondite.

En el otro extremo el hombre al ver que había quedado sin carga y sin burro emprendió camino a casa y contó a su mujer lo sucedido. La mujer respondió sabiamente “todo en la vida cansa” y a lo mejor el burro lo estaba.

Después de largo rato de conversación llegaron a un acuerdo: cambiar de oficio; olvidándose del burro que en lo más alto de la colina disfrutaba de un merecido descanso. 

Muchos días el burro durmió en aquel lugar pero una pesadilla un día lo despertó. Soñaba que el cerro se derrumbaba y que caían piedras a un río y hacían un ruido espantoso; asustado trato de ponerse en pie y casi fue difícil hacerlo, por sus ojos se cruzaban nubes negras y candelillas, y en su estomago se oían toda clase de ruidos. Fue entonces cuando se dio cuenta que tenía hambre.

La nostalgia lo hizo recordar las tuzas de maíz viche y la batea de agua maza y pensando no como burro, se puso en marcha cuesta abajo camino a casa dando traspiés y volteretas; cojo y maltrecho casi de noche llego, corrió a saciar el hambre que tenia pero no encontró ni tuza ni agua maza, la batea estaba boca abajo, Sintió que moría y se hecho al pie del árbol. 

Sus amos sintieron quejidos a media noche y temprano se levantaron y encontraron al burro lánguido casi un esqueleto y sin vida.

Murió no sabemos si por flojo o por burro


Autor


Autor  de el libro Pijiño sus mitos y Sus Leyendas