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Palmas en época de creciente

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Garza sobrevolando PijiñoDel Carmen

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Paisaje de creciente

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04 julio 2011

Conciencia Social
















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02 julio 2011

Villa Isidora Pijiño del Carmen

Un lugar mágico

"El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino tratarlos con indiferencia; esto es la esencia de la humanidad"

Willian Sakespeare



En medio de carboneros plagados de chicharras que ensordecen, dividivis escuálidos curtidos por el tiempo, llenos de polvo y chichafrias, surge en pijiño del carmen un  nuevo barrio, un barrio lleno de esperanza, de gente humilde, que ha sufrido con los años pero que a pesar de las adversidades de la vida, las crecientes y el acelerado crecimiento demográfico, han encontrado un nuevo lugar donde albergarse, un lugar donde se puede comenzar de nuevo con  sus familias, una oportunidad para muchos que nunca han tenido hogar y que hoy la vida les ha dado la dicha de tenerlo.
Un paraíso macondianos lleno de encanto, con calles amplias y callejones oscuros,  casitas de barro que evocan la época del mechón. 
Diariamente se escuchan los golpeteos de construcciones nuevas, el guapirreo de la gente empalmando, el correr de los burros por sus calles escuetas, los vendedores de yuca, las gallinas cantando y los perros peleando.
Un barrio lleno de magia de fascinación, con niños encuero y descalzos corriendo detrás de los grillos y las mariposas esquivando los vidrios y las espinas.
Cuando llueve, caudales de agua color ocre corren, llevándose Consigo los sapos y renacuajos que al son de las gotas brincan en los charcos buscando espacio donde posarse.
Bandadas de caballitos emergen en el cielo azul, abejas africanas que deambulan, manadas de patos que surcan el horizonte hacen que las tardes sean únicas y que ni Morfeo caería ante tanta belleza.
Para recoger el agua, las mujeres como en el tiempo de las tinajas, caminan enfiladas con canecos potes y vasijas, entre murmullos chismes y anécdotas pasadas esperando   que de aquella manguera tostada, pisada por los burros y las vacas surjan las primeras gotas de  el preciado liquido que a su llegada emana sonidos que hacen brincar y danzar los niños al son de la mama que los regaña para que meta el bangaño y no deje perder el agua.
Harapos multicolores colgados en las cercas, cual banderas en sus astas curtidas por los desdenes del tiempo, bateas que se resquebrajan al golpeteo del manduco.
En sus calles el sonido del hacha, el olor a humo, a tinto y yuca quemada, en sus esquinas la dueña de su casa con escoba en mano  peleando con la vecina  porque el niño le pego al pollo.
En sus casas fogones llenos de ollas y cascos ennegrecidos por el tizne y las cenizas,  contrastan con el vaso de coca cola y la botella de Pepsi, sus trascorrales improvisados llenos de alambres y pullas impiden el libre transito de gallinas ajenas que en sus andares picotean comidas tapadas, la ama de casa se enoja pero cuando pone debajo del tinajero no dice nada.
Los personajes del barrio nunca faltan, la rezandera, el cortador de leña, el vendedor de suero, el mayorista de ñeque, la vecina peleona, el que se  lleva los sancochos cuando los borrachos se duermen, el vendedor de cazabe, el cortador de lata, el hacedor de mandaos, el pescador, el arreglador de zapatos, y hasta el que construye las casas mochas.
En sus miradas alegres y sonrisas cautivas, se ve la humildad más no la pobreza, son ricos, riquísimos poseen lo que a muchos seres humanos les falta, la decencia, el carisma los buenos modales y la buena atención.
Este  es villa Isidora, un barrio cuyo único mal de su gente es ser pobre, pero con convicciones dignas de admirar, con gente de pujanza, trabajadora y amable que con el sudor de su frente en largas jornadas de trabajo, arriando varas y cortando estantes desde muy lejos, han logrado levantar, un lugar propio donde refugiarse a las inclemencias del sol y las lluvias.
Villa Isidora crece ante la mirada atónita de los que pasan, los que murmuran y los que no creen que esto sea realidad, lleno de paisajes míticos, con atardeceres que posan sus sombras calidas sobre la empedrada tierra de sus cimientos, con cielos que destellan un azul profundo, atravesado por aves migratorias que en su curso se pierden en la basta lejanía.


Ojala la meritocracia no se apodere de algo que al pueblo le pertenece
Harold Arrieta 






























 "La pobreza sólo existe en aquel que se siente pobre."




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18 junio 2011

Niños sin patria



Curtidos sus piececitos de barro, enfilados por senderos llenos de charcos y maleza, diariamente estos niños cumplen la sagrada misión de ir a su escuelita, una escuelita llena de pobreza, con olor a olvido, sin presencia de estado ni autoridad ninguna. Una escuelita improvisada, que una dama heroína de nuestra tierra sin recibir nada a cambio presta para que estos niños tengan donde recibir sus clases, una casita de vareque, que evoca historias y recuerdos, con olor a tierra mojada, atropellada por el tiempo, llena de recuerdos viejos colgados en un tinajero, en su fogón encendido, se queman las nostalgias pasadas, sus techos son de palma, que se despegan danzando como bailarinas con el deambular del viento, sus trascorrales resquebrajados por el tiempo y carcomidos por el barro, forman parte de aquellas pequeñas aulas improvisadas de estos niños, que con sonrisas tiernas anhelan un lugar digno donde puedan plasmar en sus libretas deshojadas las primeras letras de su infancia.

Estos niños han sido excluidos, no tienen estado, no tienen gobierno, no tienen patria, no tienen nada, Sus pupitres son prestados y sus pizarras son tablones de maderas recortadas, llenas de gorgojos, emblanquecidas por los borrones de dibujos y letras de palito, sus paredes con ventilación propia, rotas y escuetas por el tiempo dan a estos niños el albergue contra las inclemencias del sol y las lluvias, “cuando llueve nos refugiamos en la otra casa” afirma uno de las niños, las profesoras no reciben sueldo alguno pero puntual asisten a su labor, llevando a sus niños un rato de aprendizaje y felicidad, ya que algunos tienen condiciones especiales y requieren de un trato y una enseñanza diferente.

Muchos de ellos sin probar bocado alguno, llegan felices, cantando, sonriendo, brincando, con la mirada y la esperanza incierta, sin rencores con la sociedad que los parió y que hoy los margina, niños que conocen el hambre, la pobreza, la indiferencia social y el maltrato, hijos natos y propios de pijiño del carmen que son el futuro y que no tienen la culpa que aun en nuestros tiempos, el habitad de las salamanquejas, sapos y lobos polleros sea también el habitad de ellos.  













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